La teoría política permite invertir la ecuación que explica las estridencias que plasman la dinámica social. También, la dinámica política. Sobre todo, cuando las realidades se vuelcan a divergir lineamientos trazados por discursos que, en sus fondos, no dicen más que meras sandeces. Y eso se explica un tanto cuando la precariedad política sumida en el ámbito de las emociones, hace que todo lo escuchado en la voz de conocidos dirigentes político-partidistas, estimulen ilusiones que buscan consolidarse en un subconsciente alienado por especulaciones congraciadas con las manipulaciones del populismo.
Este exordio intenta denotar el problema que está padeciendo la oposición democrática venezolana toda vez que las rivalidades están mostrándose lo suficientemente peligrosas para resquebrajar el sentido de la unidad política necesaria para contrarrestar la fuerza de maniobra del oficialismo gubernamental. Las realidades comienzan a mostrar situaciones contrarias a las sucedidas en otras regiones donde las elecciones primarias, convocadas por la MUD, no tuvieron mayor razón por cuanto las preferencias se expresaron como ejercicio de mancomunación entre los factores políticos participantes de dicho llamado. No obstante, renuentes al sentido que busca pautar la confrontación electoral decidida para el próximo 15-O, se tienen estados a riesgo de ser dominados por la maquinaria política del partido de gobierno.
El caso de Mérida, a pesar de haber dado demostraciones de su talante democrático en el curso de las protestas contra el régimen vividas a lo largo de más de ciento veinte días, continuadamente, es referencia inversa a lo que, por inmanencia e inminencia política, debería y podría lograrse. Todo ello, de acuerdo a la inaplazable consideración de ganar el mayor espacio político en los comicios que elegirán gobernadores a escala nacional. O sea, actuar según lo señalado por los lineamientos políticos de la MUD. Así podrá demostrarse que el sentido de unidad está por encima de la obtusa verticalidad sobre la cual opera el partido de gobierno.
Sin duda, la situación que vive el país de cara a las aludidas elecciones de gobernadores, además diferidas por causa de las conflictivas y empobrecidas realidades nacionales que asfixiaron el discurrir venezolano, mayormente desde febrero de 2014, da cuenta de la aguda polarización política y social cuyos efectos dieron al traste cuanta ejecutoria de gobierno fue prometida. Aunque 2017 fungió como paroxismo del caos avivado por tanta mediocridad de la gestión ensayada. La radicalización de las medidas de contraofensiva asumidas por el régimen a manera de defensa de su obstinada táctica populista, con ínfulas de militarismo ramplón, sólo sirvieron para retroceder más el país a niveles de épocas bastantes superadas históricamente. Pero que el hecho de afrontarlas con la desesperación que confiere el temor de verse defenestrado del poder, lo llevó a decisiones tan equivocadas como equivocado fue el análisis político que hizo lo animó a endurecer determinaciones que terminaron entorpeciendo la ya agrietada gestión de gobierno. Más, cuando ésta había comenzado a arrinconarse con el perverso concurso de un tribunal de justicia desquiciado y desacertado.
La lógica de la tiranía venezolana, sigue un patrón cubanizado. Sin respeto a los conceptos de soberanía y de autonomía cuyos significados son exageradamente manoseados por los intereses de una “revolución” maloliente a corrupción y malversación. De ahí el “juego de la candelita” al que ha venido incitando el régimen con sus conciliábulos mediáticos y capaces de defraudar al propio Estado venezolano a través del abuso cometido en todos los niveles de gobierno y del habitual peculado de uso.
De manera que el régimen, valiéndose de la ilegítima figura de la “asamblea nacional constituyente”, busca boicotear el proceso electoral mediante la fractura tanto como de la abstención electoral de quienes se plantean una opción verdaderamente democrática. Por ello apuesta a la llamada “economía del voto” pues así el régimen justificaría una importante abstinencia político-electoral cuyo resultado sólo favorecería al mismo alto gobierno al conseguir fragmentar a la oposición como en efecto pareciera haberlo logrado en el estado Mérida con una oposición dividida.
El problema no es destacar los buenos líderes con que cuenta la oposición democrática venezolana. No sólo a nivel nacional. También, cada región está colmada de venezolanos capaces de impulsar al país por insuperables derroteros. Así la sacarían del marasmo en el que ahora se halla. El problema es actuar con sentido de unidad. Ni siquiera de “unión”. De unidad, pues de su estructura funcional deviene la compactación de iniciativas y esperanzas necesarias para arrogarse las capacidades con las cuales se hace posible sortear toda clase de obstáculos. Sobre todo, aquellos de debilitada coherencia y borrosa visión.
Pero a decir de las realidades en observación, las tendencias están arrojando un resultado que favorecería al oficialismo prevaricador. Sobre todo, cuando la codicia de politiqueros de oficio se impone a la dimensión constitucional sobre la cual se depara la institucionalidad política del país. De darse tan groseros apegos, los escenarios políticos se verán torcidos en términos de los ideales que sirvieron de puntal a los esfuerzos por recuperar las libertades y reivindicar los derechos vulnerados. Sería ya bastante tarde para corregir errores cuyos daños no podrían retrotraerse. Así de derrumbadas lucirían aquellas entidades que por culpa de mezquindades inicuas, no lograrían reconfigurarse en aras de la unidad requerida en el clímax de la profunda crisis venezolana. Es el caso de posibles situaciones. Exactamente, donde y cuando no hay unidad política.



