TelegramWhatsAppFacebookX

Bajo el cielo de Caracas por Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya

1196458682_fe63993dca

 

Como todas las mañanas, un trío de guacamayas doradas surcan el cielo caraqueño. El azul metálico de su reverso crea un destello de relámpago, sorprendente, a pesar de su cotidianidad. Y el Ávila de fondo. Pocas nubes detienen el verdor de nuestra montaña, con sus estribos gigantes como patas de dinosaurios, que se despliegan poderosos ya cercanos a la ciudad. Y sus quebradas lejanas como hilos de plata, que se ven a lo lejos cuando llueve en la noche. Así amanece la ciudad del tormento. Abajo, en sus calles, miseria y caos. Violencia en todas sus manifestaciones e indiferencia de aquellos llamados a detenerla. Así comienza la jornada. No hay tiempo para guacamayas ni para cerros.

Desde hace años la alegría se nos ha ido escapando. Como el lento desagüe de un estanque, de a poco, lo que nos llenaba de entusiasmo y de emoción, ha ido desapareciendo. La desesperanza toma terreno y el alma del venezolano se ocupa ahora de temas propios de la supervivencia. No hay cabida al sueño cuando giramos en torno a conseguir un rollo de papel higiénico. No hay reflexión posible cuando el tiempo transcurre en el tráfico detenido y la misión es pasar desapercibido cuando se asoma el hampón de turno. No hay futuro, cuando la educación es la enemiga principal de quienes gobiernan el país. Pero tales desalientos no son ajenos a nuestra historia. Unas veces hemos padecido de alegrías superfluas, otras, de tristezas injustificadas, y otras, como esta, de tragedias históricas que deben llamarnos a la acción.

El Ávila sigue intacto, desde Boves hasta Cipriano Castro, desde Pérez Jiménez hasta Chávez. Las guacamayas siguen pintando de colores el cielo de Caracas. Unas veces se han posado sobre grandes obras, prometedoras y relucientes; otras veces, sobre sus ruinas. Nos recuerdan que todo trasciende al hoy y al ahora, y que los únicos capaces de cambiar el presente somos aquellos que nos ha tocado vivir en este tiempo. Esta generación nuestra que vive las penurias de una historia tropezada de fracasos, pero también repleta de glorias. Levantemos entonces la mirada y el corazón hacia ese mismo cielo que arropó a nuestros hombres y mujeres de bien, y avancemos hacia un futuro mejor, para todos.

TelegramWhatsAppFacebookX

1196458682_fe63993dca

 

Como todas las mañanas, un trío de guacamayas doradas surcan el cielo caraqueño. El azul metálico de su reverso crea un destello de relámpago, sorprendente, a pesar de su cotidianidad. Y el Ávila de fondo. Pocas nubes detienen el verdor de nuestra montaña, con sus estribos gigantes como patas de dinosaurios, que se despliegan poderosos ya cercanos a la ciudad. Y sus quebradas lejanas como hilos de plata, que se ven a lo lejos cuando llueve en la noche. Así amanece la ciudad del tormento. Abajo, en sus calles, miseria y caos. Violencia en todas sus manifestaciones e indiferencia de aquellos llamados a detenerla. Así comienza la jornada. No hay tiempo para guacamayas ni para cerros.

Desde hace años la alegría se nos ha ido escapando. Como el lento desagüe de un estanque, de a poco, lo que nos llenaba de entusiasmo y de emoción, ha ido desapareciendo. La desesperanza toma terreno y el alma del venezolano se ocupa ahora de temas propios de la supervivencia. No hay cabida al sueño cuando giramos en torno a conseguir un rollo de papel higiénico. No hay reflexión posible cuando el tiempo transcurre en el tráfico detenido y la misión es pasar desapercibido cuando se asoma el hampón de turno. No hay futuro, cuando la educación es la enemiga principal de quienes gobiernan el país. Pero tales desalientos no son ajenos a nuestra historia. Unas veces hemos padecido de alegrías superfluas, otras, de tristezas injustificadas, y otras, como esta, de tragedias históricas que deben llamarnos a la acción.

El Ávila sigue intacto, desde Boves hasta Cipriano Castro, desde Pérez Jiménez hasta Chávez. Las guacamayas siguen pintando de colores el cielo de Caracas. Unas veces se han posado sobre grandes obras, prometedoras y relucientes; otras veces, sobre sus ruinas. Nos recuerdan que todo trasciende al hoy y al ahora, y que los únicos capaces de cambiar el presente somos aquellos que nos ha tocado vivir en este tiempo. Esta generación nuestra que vive las penurias de una historia tropezada de fracasos, pero también repleta de glorias. Levantemos entonces la mirada y el corazón hacia ese mismo cielo que arropó a nuestros hombres y mujeres de bien, y avancemos hacia un futuro mejor, para todos.

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.