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Transición a gritos es la voluntad mayoritaria por Armando Martini Pietri

BanderadeVenezuelaDONALDOBARROS-1

 

La palabra transición produce escozor, aprensión y miedo a muchos que se quedarían sin protección para sus arbitrariedades, abusos, desmanes y para no pocos enredados hasta el cuello, la cosa tintinea de traición a la patria, o sea, traición a ellos, así como las más descarnadas trompetas apocalípticas del juicio final. 

Lo cierto es que la transición puede interpretarse de muchas maneras. Una de ellas, la salida del cargo del Presidente Maduro, evento seguido de un profundo cambio, amplio e inevitable de sus políticas comprobadamente erradas. Otra definición puede ser como la concibe quien suscribe; un reacomodo político con rectificación de políticas públicas y por consecuencia privadas con la inclusión de todos los factores productivos de la sociedad, dejar de lado la politiquería, concebir un re-direccionamiento de intereses y por sobre todo, pensar en Venezuela antes que en censurables y peligrosas conveniencias personales e incluso partidistas.

El hecho real, aunque algunos no lo comprendan ni lo admitan, es que la transición ya está aquí. Las señales están a la vista, la ciudadanía se organiza, está consciente de su rol y empieza a actuar en consecuencia. Sólo culpables se empeñan en no verla, se tapan ojos y oídos pero no las bocas. La transición como salida, como solución, ya es indetenible, quienes no estén a la altura histórica del momento, esa comprometida y asustada minoría, quedarán en el camino y el país les pasará por encima.

Día a día ocurren eventos que indican que nos enrumbamos a tiempos trascendentales y de un cambio que la gran mayoría quiere expresamente. Ya no existe duda de que el atrabiliario modelo establecido se agotó, agoniza y que sólo un milagro perverso e indeseado podría salvarlo. El mismo temor lo padecen quienes no han sabido interpretar ni han tenido la destreza para descifrar políticamente los acontecimientos, cuyos intentos y estrategias para sustituir a este tenebroso y harapiento régimen por una alternativa diferente, han fracasado. Encerrados en su necedad, antiguallas de la democracia cómplice, no tienen voluntad de cambio y, por el contrario, persisten tozudamente en sus errores y egoísmos.

El resultado de las elecciones parlamentarias es el campanazo de inicio, abrió las puertas a nuevas leyes y reformas legislativas, unas aprobadas y otras anunciadas por la mayoría que recibió el masivo mandato popular para cumplir ese deber de cambio, de rumbo en la Asamblea Nacional, ahora duramente repudiadas y trabadas por el Presidente y sus partidarios cupulares que se niegan a reconocerlas y menos aun, a obedecerlas.

 A tal punto la perniciosa rebelión antipopular que en el enfrentamiento entre el ejecutivo y el legislativo entra a terciar el poder judicial que, en vez de convertirse en árbitro objetivo, racional y justo, que es su personalidad constitucional, moral y ética, actúa descarada y abusiva a favor del ejecutivo desconociendo el triunfo de la voluntad ciudadana, más grave aún, desestimando el mandato popular de casi 8 millones de venezolanos, que por medio del sufragio decidieron cambiar lo que han comprobado en carne propia como inviable e insostenible.  

Quienes votaron por la MUD y la mayoría de quienes lo hicieron por el PSUV quieren un cambio profundo en la conducción del país, un golpe de timón que signifique la posibilidad de tener un nivel de vida decente y sin humillaciones, sin colas ni peleas, sin desabastecimiento, sin fallas alarmantes de los servicios públicos –agua y electricidad-, sin la sangrienta y creciente inseguridad, ni linchamientos que ahora son comunes. Es una realidad incuestionable que recogen todos los estudios de opinión, y es a lo que se oponen con sus acciones quienes dirigen el Gobierno, el TSJ y ahora de manera repugnante se acopla el Poder Electoral.

Podemos estar o no de acuerdo, pero la realidad angustiosa es que la situación del país es de emergencia crítica y el ambiente se percibe tenso, los ciudadanos están estresados e intranquilos, síntomas claros para quien quiera verlos –ya demasiados lo perciben-. Esto está podrido y las bases del madurismo no aguantan más. Para la dirigencia oficial es cuesta arriba asumirlo, difícil reconocerlo, se comprende, pero es de inteligentes -al menos- admitirlo. La verdad es la verdad y las circunstancias claman porque el sector político decrépito y atemorizado deje de gritar en la oscuridad y le ponga luces al túnel a cuyas entrañas nos han llevado, a enfrentar la realidad que ruge en la calle, o desaparecer. Allí está el dilema.

Cuando se solicitan acciones para salir de esta pesadilla a quienes deben pensarlas, analizarlas y proponerlas, por razones desconocidas resultan incapaces de explicar los retos y consecuencias, aplican silencios irresponsables que implican dar golpes bajos a la democracia y menospreciar al ciudadano. Aún más, cuando se plantean gestiones que forjarían soluciones plenas al problema, como la renuncia voluntaria del Presidente por presión y virtual exigencia de la sociedad, o aclarar la interrogante de la presunta doble nacionalidad del Jefe del Estado, y los diputados no tienen el impulso necesario y ni siquiera hacen eso que tanto les gusta, hablar, para definir caminos, se evidencia un fraccionamiento a través de la cual las ambiciones e intereses, incluso no explicadas prudencias, se demuestran con claridad.

Decían los especialistas sociales de mejores tiempos democráticos, que las necesidades sentidas de los pueblos son salud, trabajo, seguridad, educación, libertad económica y de expresión. No es necesario repetir largas explicaciones, todos, hasta dirigentes bajos, medios, militantes y simpatizantes del chavismo, están consientes que el Gobierno se ha equivocado flagrantemente en las respuestas a todas estas necesidades, y sigue sin dar pie con bola, con consecuencias desastrosas, altamente perniciosas, que todos –sin distingo- padecemos.   

Peor aún, a pesar de indiscutibles buenas y necesarias intenciones, muchos dirigentes se equivocan. Algunos se excusan tras el argumento demasiado cacareado además de banal de “no politizar” esas necesidades y sus exigencias. Excusa necia que sólo se explica con la espantosa carencia de líderes capaces de guiar un pueblo en dificultad, frustrado y desamparado a la buena de Dios, porque sus intereses partidistas y la ceguera brutal los lleva a desempeñarse con prepotencia y falta de amor verdadero por Venezuela que no les permiten ponerse de acuerdo en temas tremendos que perturban y angustian la vida cotidiana del ciudadano.

Hay quienes, desconocedores de la historia, se atiborran la boca poniendo como ejemplos a Mandela, Gandhi, Gorbachov y tantos otros en cuanto a lo que la mayoría sabe y defiende, que la lucha es y debe ser pacifica. Lo que no conocen –o deliberadamente silencian- esos hablachentos es que el pacifismo nunca fue excusa sino por el contrario, una estrategia política social contundente, con decisiones y acciones pacíficas al mismo tiempo que  precisas, claras, sin titubeos; fueron pacifismos activos, conceptuales y no de discursos vacíos, ni diatribas ofensivas e insultos mutuos.

Es hora de la verdad, hay que decirla. La mentira, componenda y cogollerismo ya no tienen cabida en esta Venezuela golpeada y arruinada. Estamos en la hora de políticos francos, serios, decentes, desprendidos, inteligentes, perspicaces y cuyo único interés no sea el propio sino un compromiso claro y sin la menor duda con Venezuela, con esta patria que han destruido frente a todos. Así es como actúan y se comprometen los valientes. Así actuaron y se obligaron Mandela, Ghandi, Gorbachov y nuestro Libertador Simón Bolívar –quien sin duda hubiera arrestado, por decir lo menos, a quienes cambiaron una democracia con fallas y libertades para sustituirla por un autoritarismo torpe, abusivo e incompetente.

No tenemos por qué dudar de la buena fe de la mayoría de los políticos pero la minoría corrupta, la doble moral, el doble discurso, la falta de principios morales y éticos además de la ausencia de buenas costumbres ciudadanas, han minado, penetrado y carcomido en tal grado de magnitud las cúpulas partidistas que suenan y actúan como si fueran mayoría. Pero no lo son, la generalidad del país es digna, con valores y principios honorables y decorosos. No permitamos ni concedamos que unos pocos facinerosos nos sigan apabullando.

La transición viene, los venezolanos la queremos, es la voluntad mayoritaria porque no sólo es necesaria y conveniente, sino urgente e inevitable.

 

@ArmandoMartini

 

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La palabra transición produce escozor, aprensión y miedo a muchos que se quedarían sin protección para sus arbitrariedades, abusos, desmanes y para no pocos enredados hasta el cuello, la cosa tintinea de traición a la patria, o sea, traición a ellos, así como las más descarnadas trompetas apocalípticas del juicio final. 

Lo cierto es que la transición puede interpretarse de muchas maneras. Una de ellas, la salida del cargo del Presidente Maduro, evento seguido de un profundo cambio, amplio e inevitable de sus políticas comprobadamente erradas. Otra definición puede ser como la concibe quien suscribe; un reacomodo político con rectificación de políticas públicas y por consecuencia privadas con la inclusión de todos los factores productivos de la sociedad, dejar de lado la politiquería, concebir un re-direccionamiento de intereses y por sobre todo, pensar en Venezuela antes que en censurables y peligrosas conveniencias personales e incluso partidistas.

El hecho real, aunque algunos no lo comprendan ni lo admitan, es que la transición ya está aquí. Las señales están a la vista, la ciudadanía se organiza, está consciente de su rol y empieza a actuar en consecuencia. Sólo culpables se empeñan en no verla, se tapan ojos y oídos pero no las bocas. La transición como salida, como solución, ya es indetenible, quienes no estén a la altura histórica del momento, esa comprometida y asustada minoría, quedarán en el camino y el país les pasará por encima.

Día a día ocurren eventos que indican que nos enrumbamos a tiempos trascendentales y de un cambio que la gran mayoría quiere expresamente. Ya no existe duda de que el atrabiliario modelo establecido se agotó, agoniza y que sólo un milagro perverso e indeseado podría salvarlo. El mismo temor lo padecen quienes no han sabido interpretar ni han tenido la destreza para descifrar políticamente los acontecimientos, cuyos intentos y estrategias para sustituir a este tenebroso y harapiento régimen por una alternativa diferente, han fracasado. Encerrados en su necedad, antiguallas de la democracia cómplice, no tienen voluntad de cambio y, por el contrario, persisten tozudamente en sus errores y egoísmos.

El resultado de las elecciones parlamentarias es el campanazo de inicio, abrió las puertas a nuevas leyes y reformas legislativas, unas aprobadas y otras anunciadas por la mayoría que recibió el masivo mandato popular para cumplir ese deber de cambio, de rumbo en la Asamblea Nacional, ahora duramente repudiadas y trabadas por el Presidente y sus partidarios cupulares que se niegan a reconocerlas y menos aun, a obedecerlas.

 A tal punto la perniciosa rebelión antipopular que en el enfrentamiento entre el ejecutivo y el legislativo entra a terciar el poder judicial que, en vez de convertirse en árbitro objetivo, racional y justo, que es su personalidad constitucional, moral y ética, actúa descarada y abusiva a favor del ejecutivo desconociendo el triunfo de la voluntad ciudadana, más grave aún, desestimando el mandato popular de casi 8 millones de venezolanos, que por medio del sufragio decidieron cambiar lo que han comprobado en carne propia como inviable e insostenible.  

Quienes votaron por la MUD y la mayoría de quienes lo hicieron por el PSUV quieren un cambio profundo en la conducción del país, un golpe de timón que signifique la posibilidad de tener un nivel de vida decente y sin humillaciones, sin colas ni peleas, sin desabastecimiento, sin fallas alarmantes de los servicios públicos –agua y electricidad-, sin la sangrienta y creciente inseguridad, ni linchamientos que ahora son comunes. Es una realidad incuestionable que recogen todos los estudios de opinión, y es a lo que se oponen con sus acciones quienes dirigen el Gobierno, el TSJ y ahora de manera repugnante se acopla el Poder Electoral.

Podemos estar o no de acuerdo, pero la realidad angustiosa es que la situación del país es de emergencia crítica y el ambiente se percibe tenso, los ciudadanos están estresados e intranquilos, síntomas claros para quien quiera verlos –ya demasiados lo perciben-. Esto está podrido y las bases del madurismo no aguantan más. Para la dirigencia oficial es cuesta arriba asumirlo, difícil reconocerlo, se comprende, pero es de inteligentes -al menos- admitirlo. La verdad es la verdad y las circunstancias claman porque el sector político decrépito y atemorizado deje de gritar en la oscuridad y le ponga luces al túnel a cuyas entrañas nos han llevado, a enfrentar la realidad que ruge en la calle, o desaparecer. Allí está el dilema.

Cuando se solicitan acciones para salir de esta pesadilla a quienes deben pensarlas, analizarlas y proponerlas, por razones desconocidas resultan incapaces de explicar los retos y consecuencias, aplican silencios irresponsables que implican dar golpes bajos a la democracia y menospreciar al ciudadano. Aún más, cuando se plantean gestiones que forjarían soluciones plenas al problema, como la renuncia voluntaria del Presidente por presión y virtual exigencia de la sociedad, o aclarar la interrogante de la presunta doble nacionalidad del Jefe del Estado, y los diputados no tienen el impulso necesario y ni siquiera hacen eso que tanto les gusta, hablar, para definir caminos, se evidencia un fraccionamiento a través de la cual las ambiciones e intereses, incluso no explicadas prudencias, se demuestran con claridad.

Decían los especialistas sociales de mejores tiempos democráticos, que las necesidades sentidas de los pueblos son salud, trabajo, seguridad, educación, libertad económica y de expresión. No es necesario repetir largas explicaciones, todos, hasta dirigentes bajos, medios, militantes y simpatizantes del chavismo, están consientes que el Gobierno se ha equivocado flagrantemente en las respuestas a todas estas necesidades, y sigue sin dar pie con bola, con consecuencias desastrosas, altamente perniciosas, que todos –sin distingo- padecemos.   

Peor aún, a pesar de indiscutibles buenas y necesarias intenciones, muchos dirigentes se equivocan. Algunos se excusan tras el argumento demasiado cacareado además de banal de “no politizar” esas necesidades y sus exigencias. Excusa necia que sólo se explica con la espantosa carencia de líderes capaces de guiar un pueblo en dificultad, frustrado y desamparado a la buena de Dios, porque sus intereses partidistas y la ceguera brutal los lleva a desempeñarse con prepotencia y falta de amor verdadero por Venezuela que no les permiten ponerse de acuerdo en temas tremendos que perturban y angustian la vida cotidiana del ciudadano.

Hay quienes, desconocedores de la historia, se atiborran la boca poniendo como ejemplos a Mandela, Gandhi, Gorbachov y tantos otros en cuanto a lo que la mayoría sabe y defiende, que la lucha es y debe ser pacifica. Lo que no conocen –o deliberadamente silencian- esos hablachentos es que el pacifismo nunca fue excusa sino por el contrario, una estrategia política social contundente, con decisiones y acciones pacíficas al mismo tiempo que  precisas, claras, sin titubeos; fueron pacifismos activos, conceptuales y no de discursos vacíos, ni diatribas ofensivas e insultos mutuos.

Es hora de la verdad, hay que decirla. La mentira, componenda y cogollerismo ya no tienen cabida en esta Venezuela golpeada y arruinada. Estamos en la hora de políticos francos, serios, decentes, desprendidos, inteligentes, perspicaces y cuyo único interés no sea el propio sino un compromiso claro y sin la menor duda con Venezuela, con esta patria que han destruido frente a todos. Así es como actúan y se comprometen los valientes. Así actuaron y se obligaron Mandela, Ghandi, Gorbachov y nuestro Libertador Simón Bolívar –quien sin duda hubiera arrestado, por decir lo menos, a quienes cambiaron una democracia con fallas y libertades para sustituirla por un autoritarismo torpe, abusivo e incompetente.

No tenemos por qué dudar de la buena fe de la mayoría de los políticos pero la minoría corrupta, la doble moral, el doble discurso, la falta de principios morales y éticos además de la ausencia de buenas costumbres ciudadanas, han minado, penetrado y carcomido en tal grado de magnitud las cúpulas partidistas que suenan y actúan como si fueran mayoría. Pero no lo son, la generalidad del país es digna, con valores y principios honorables y decorosos. No permitamos ni concedamos que unos pocos facinerosos nos sigan apabullando.

La transición viene, los venezolanos la queremos, es la voluntad mayoritaria porque no sólo es necesaria y conveniente, sino urgente e inevitable.

 

@ArmandoMartini

 

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La palabra transición produce escozor, aprensión y miedo a muchos que se quedarían sin protección para sus arbitrariedades, abusos, desmanes y para no pocos enredados hasta el cuello, la cosa tintinea de traición a la patria, o sea, traición a ellos, así como las más descarnadas trompetas apocalípticas del juicio final. 

Lo cierto es que la transición puede interpretarse de muchas maneras. Una de ellas, la salida del cargo del Presidente Maduro, evento seguido de un profundo cambio, amplio e inevitable de sus políticas comprobadamente erradas. Otra definición puede ser como la concibe quien suscribe; un reacomodo político con rectificación de políticas públicas y por consecuencia privadas con la inclusión de todos los factores productivos de la sociedad, dejar de lado la politiquería, concebir un re-direccionamiento de intereses y por sobre todo, pensar en Venezuela antes que en censurables y peligrosas conveniencias personales e incluso partidistas.

El hecho real, aunque algunos no lo comprendan ni lo admitan, es que la transición ya está aquí. Las señales están a la vista, la ciudadanía se organiza, está consciente de su rol y empieza a actuar en consecuencia. Sólo culpables se empeñan en no verla, se tapan ojos y oídos pero no las bocas. La transición como salida, como solución, ya es indetenible, quienes no estén a la altura histórica del momento, esa comprometida y asustada minoría, quedarán en el camino y el país les pasará por encima.

Día a día ocurren eventos que indican que nos enrumbamos a tiempos trascendentales y de un cambio que la gran mayoría quiere expresamente. Ya no existe duda de que el atrabiliario modelo establecido se agotó, agoniza y que sólo un milagro perverso e indeseado podría salvarlo. El mismo temor lo padecen quienes no han sabido interpretar ni han tenido la destreza para descifrar políticamente los acontecimientos, cuyos intentos y estrategias para sustituir a este tenebroso y harapiento régimen por una alternativa diferente, han fracasado. Encerrados en su necedad, antiguallas de la democracia cómplice, no tienen voluntad de cambio y, por el contrario, persisten tozudamente en sus errores y egoísmos.

El resultado de las elecciones parlamentarias es el campanazo de inicio, abrió las puertas a nuevas leyes y reformas legislativas, unas aprobadas y otras anunciadas por la mayoría que recibió el masivo mandato popular para cumplir ese deber de cambio, de rumbo en la Asamblea Nacional, ahora duramente repudiadas y trabadas por el Presidente y sus partidarios cupulares que se niegan a reconocerlas y menos aun, a obedecerlas.

 A tal punto la perniciosa rebelión antipopular que en el enfrentamiento entre el ejecutivo y el legislativo entra a terciar el poder judicial que, en vez de convertirse en árbitro objetivo, racional y justo, que es su personalidad constitucional, moral y ética, actúa descarada y abusiva a favor del ejecutivo desconociendo el triunfo de la voluntad ciudadana, más grave aún, desestimando el mandato popular de casi 8 millones de venezolanos, que por medio del sufragio decidieron cambiar lo que han comprobado en carne propia como inviable e insostenible.  

Quienes votaron por la MUD y la mayoría de quienes lo hicieron por el PSUV quieren un cambio profundo en la conducción del país, un golpe de timón que signifique la posibilidad de tener un nivel de vida decente y sin humillaciones, sin colas ni peleas, sin desabastecimiento, sin fallas alarmantes de los servicios públicos –agua y electricidad-, sin la sangrienta y creciente inseguridad, ni linchamientos que ahora son comunes. Es una realidad incuestionable que recogen todos los estudios de opinión, y es a lo que se oponen con sus acciones quienes dirigen el Gobierno, el TSJ y ahora de manera repugnante se acopla el Poder Electoral.

Podemos estar o no de acuerdo, pero la realidad angustiosa es que la situación del país es de emergencia crítica y el ambiente se percibe tenso, los ciudadanos están estresados e intranquilos, síntomas claros para quien quiera verlos –ya demasiados lo perciben-. Esto está podrido y las bases del madurismo no aguantan más. Para la dirigencia oficial es cuesta arriba asumirlo, difícil reconocerlo, se comprende, pero es de inteligentes -al menos- admitirlo. La verdad es la verdad y las circunstancias claman porque el sector político decrépito y atemorizado deje de gritar en la oscuridad y le ponga luces al túnel a cuyas entrañas nos han llevado, a enfrentar la realidad que ruge en la calle, o desaparecer. Allí está el dilema.

Cuando se solicitan acciones para salir de esta pesadilla a quienes deben pensarlas, analizarlas y proponerlas, por razones desconocidas resultan incapaces de explicar los retos y consecuencias, aplican silencios irresponsables que implican dar golpes bajos a la democracia y menospreciar al ciudadano. Aún más, cuando se plantean gestiones que forjarían soluciones plenas al problema, como la renuncia voluntaria del Presidente por presión y virtual exigencia de la sociedad, o aclarar la interrogante de la presunta doble nacionalidad del Jefe del Estado, y los diputados no tienen el impulso necesario y ni siquiera hacen eso que tanto les gusta, hablar, para definir caminos, se evidencia un fraccionamiento a través de la cual las ambiciones e intereses, incluso no explicadas prudencias, se demuestran con claridad.

Decían los especialistas sociales de mejores tiempos democráticos, que las necesidades sentidas de los pueblos son salud, trabajo, seguridad, educación, libertad económica y de expresión. No es necesario repetir largas explicaciones, todos, hasta dirigentes bajos, medios, militantes y simpatizantes del chavismo, están consientes que el Gobierno se ha equivocado flagrantemente en las respuestas a todas estas necesidades, y sigue sin dar pie con bola, con consecuencias desastrosas, altamente perniciosas, que todos –sin distingo- padecemos.   

Peor aún, a pesar de indiscutibles buenas y necesarias intenciones, muchos dirigentes se equivocan. Algunos se excusan tras el argumento demasiado cacareado además de banal de “no politizar” esas necesidades y sus exigencias. Excusa necia que sólo se explica con la espantosa carencia de líderes capaces de guiar un pueblo en dificultad, frustrado y desamparado a la buena de Dios, porque sus intereses partidistas y la ceguera brutal los lleva a desempeñarse con prepotencia y falta de amor verdadero por Venezuela que no les permiten ponerse de acuerdo en temas tremendos que perturban y angustian la vida cotidiana del ciudadano.

Hay quienes, desconocedores de la historia, se atiborran la boca poniendo como ejemplos a Mandela, Gandhi, Gorbachov y tantos otros en cuanto a lo que la mayoría sabe y defiende, que la lucha es y debe ser pacifica. Lo que no conocen –o deliberadamente silencian- esos hablachentos es que el pacifismo nunca fue excusa sino por el contrario, una estrategia política social contundente, con decisiones y acciones pacíficas al mismo tiempo que  precisas, claras, sin titubeos; fueron pacifismos activos, conceptuales y no de discursos vacíos, ni diatribas ofensivas e insultos mutuos.

Es hora de la verdad, hay que decirla. La mentira, componenda y cogollerismo ya no tienen cabida en esta Venezuela golpeada y arruinada. Estamos en la hora de políticos francos, serios, decentes, desprendidos, inteligentes, perspicaces y cuyo único interés no sea el propio sino un compromiso claro y sin la menor duda con Venezuela, con esta patria que han destruido frente a todos. Así es como actúan y se comprometen los valientes. Así actuaron y se obligaron Mandela, Ghandi, Gorbachov y nuestro Libertador Simón Bolívar –quien sin duda hubiera arrestado, por decir lo menos, a quienes cambiaron una democracia con fallas y libertades para sustituirla por un autoritarismo torpe, abusivo e incompetente.

No tenemos por qué dudar de la buena fe de la mayoría de los políticos pero la minoría corrupta, la doble moral, el doble discurso, la falta de principios morales y éticos además de la ausencia de buenas costumbres ciudadanas, han minado, penetrado y carcomido en tal grado de magnitud las cúpulas partidistas que suenan y actúan como si fueran mayoría. Pero no lo son, la generalidad del país es digna, con valores y principios honorables y decorosos. No permitamos ni concedamos que unos pocos facinerosos nos sigan apabullando.

La transición viene, los venezolanos la queremos, es la voluntad mayoritaria porque no sólo es necesaria y conveniente, sino urgente e inevitable.

 

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