La hermana Cointa Medina es la encargada de dirigir el asilo la Providencia San Antonio.
Está ubicado en la avenida principal de San Martín, una urbanización al oeste del centro histórico de la capital caraqueña. Llegó hace unos meses del estado Zulia, en el occidente del país. Se encontró con muchos problemas debido a la situación que enfrenta el país: inseguridad, falta de recursos, familias que han dejado solos a sus abuelos… Ella y otras seis hermanas pertenecen a la congregación religiosa venezolana Hermanitas de los Pobres de Maiquetía. Estas mujeres consagradas a Dios son quienes administran esta casa hogar. La mayoría supera los 60 años. Dos de ellas tienen más de 80. Entre todas se dividen las actividades para atender a los 68 abuelos que allí viven. «Esta institución tiene 123 años y está llena de historias casi totalmente desconocidas para los venezolanos. Pese a los problemas, debe seguir en pie». La hermana cuenta que ellas no escapan a la realidad del país: «Un grupo integrado por unas 30 mujeres y 18 niños tomó hace unos meses en la madrugada las instalaciones de otra de nuestras casas, ubicada en la parroquia El Valle, donde retuvieron a 7 de nuestras hermanas que laboran en el centro de tratamiento de farmacodependencia y mendicidad por varias horas. Fueron momentos de mucha tensión y nervios, pero esas personas querían solución a sus problemas de vivienda, y ejercieron esa acción para que el Gobierno las atendiera. A la fecha no sabemos qué pasó con esas familias».
Es preocupante cómo cada día crecen las listas de las personas que buscan hogar en los asilos. Una de las razones que no se veían antes, según nos cuenta la hermana Antonia, coordinadora del asilo La Providencia, es la cantidad de familias que están migrando del país. «Hace unos meses vino un chico con su abuelo y lo dejó en las puertas del hogar; nos dijo que él se tenía que ir a Perú buscando nuevas oportunidades y que no se lo podía llevar porque no contaba con los recursos necesarios». Lorenzo Monasterios es otro de los casos frecuentes. Lleva más de 6 meses buscando un cupo para su padre en un albergue de ancianos de Caracas. Consiguió trabajo en Panamá y debe viajar. «Los precios superan lo que una persona puede ganar con un sueldo mínimo. Para poder pagar mantener a alguien en estos sitios privados, se requieren buenos ahorros o tener ingresos en moneda extranjera». Lo ha intentado ya en el asilo La Providencia, pero aún la lista es larga y tendrá que esperar.
La hermana Cointa se reúne diariamente con el resto de las hermanas para ver cómo se organizan a la hora de conseguir los productos y alimentos de primera necesidad y hacer rendir el presupuesto que consiguen mensualmente, además de sostener los salarios de las 15 personas que ayudan al mantenimiento de la casa. «Establecemos una ruta de compras pautada para cada día de la semana, así nos da chance de ir a varios negocios a comprar comida. Es que el Gobierno de Venezuela ordenó a los comercios públicos y privados establecer un cronograma de venta de productos básicos y escasos como la leche, la harina de maíz, el jabón en polvo, la pasta dental… de acuerdo con el último número de la cédula, y lo que necesitamos no es para alimentarnos solo a nosotras, sino a todos los abuelos. El asilo no recibe ningún apoyo por parte de organismos gubernamentales. La ayuda que hemos recibido siempre ha sido de esos hombres y mujeres que se acuerdan de que aquí estamos y seguimos. Esas familias nos visitan a menudo para ayudarnos en actividades recreativas para los abuelos y, en la medida de lo posible, donan ropa usada, medicamentos y, cuando pueden, algo de dinero. Hacen demasiado por nosotros, no podemos pedir más al pueblo venezolano, al que ya se le dificulta mucho sobrevivir. Siento tristeza por este país próspero que se nos fue de las manos y no me da miedo decirlo: Jesucristo dice que las injusticias no las podemos callar».



